Me da pesar notar cosas como esta: al finalizar el primer tiempo del partido entre América y Chivas realizado el pasado 24 de octubre en el Estadio Azteca, los jugadores del Guadalajara se encontraron a la mitad de la cancha, sólo para encaminarse cabizbajos hacia los vestidores. Me impresionó las miradas de los cuatro puntales de la ofensiva rojiblanca (Bofo, Venado, Arellano y Fabián), laxas, de desconcierto, derrotadas. Aguadas, como fino líquido que se escurre entre los dedos.
Esos rostros, por supuesto no presagiaban nada bueno, como finalmente sucedió tras el complemento, un frustrante cero a cero que nada le sirve a ninguno de los dos conjuntos en la tabla clasificatoria a la liguilla. Sobre decir que los americanistas andaban en ese tono.
Igual y esas miradas son espejo fiel de las penurias de los dos contendientes del Clásico del futbol mexicano, que desde hace un rato navegan en la medianía, todo lo contrario a la arrogancia de sus respectivos dueños, siempre por las nubes.
No es un problema menor. Esa falta de decisión, de carácter, de fe, ESA INCAPACIDAD PARA CONCENTRARSE Y ENFOCARSE EN SU LABOR no se combate ni se vence de manera sencilla. En el caso de los conjuntos es más complicado pues se debe convencer a la mayoría para lograr revertir la mediocridad.
Les falta la mirada del tigre, ésa que mostró al mundo Mr. T en Rocky III, símbolo de mentalidad ganadora desde entonces. Un gesto destacadamente acompañado por el tema de Survivor, Eye of the Tiger.
Según recuerdo, en mis años de aficionado al deporte la ausencia o la presencia de esa forma de mirar, fija, decidida, desafiante, incluso arrogante, con la dureza del acero, hace diferencia entre el triunfo o la derrota.
El ojo de tigre estaba ahí, en la mirada de los Vaquero tricampeones de la NFL en los años de la década de 1990; también en los rostros de los multicampeones del Barcelona FC que en 2009 lo ganaron todo; de igual manera en Manny Pacquiao, el boxeador más respetado del orbe; o en los semblantes de Rafael Nadal, Alonso, los Acereros de Pittsburgh versión 2010, la LDQ bicampeona de la Copa Libertadores y de todo aquel que supera a propios y extraños para, mínimo, caer con entereza.
Los Rangers de Texas manifiestan ese fenómeno por primera vez en su historia: hace una semana pasaron a la Serie Mundial al derrotar a sus cocos, los Yanquis de Nueva York. Pese a perder el primer partido de la serie de Campeonato de la Liga Americana, esa mirada –presente durante toda la temporada y la serie divisional- seguía ahí, en los campos de entrenamiento, en las instalaciones de la institución, en el gimnasio, en la banca, en el bullpen, sin inmutarse siquiera. Todos los integrantes de la plantilla parecían tener plena confianza en que alguien respondería y volvería al equipo a la pelea.
Pasaron muchos años, temporadas de sequía y vergüenza, la pena del eterno perdedor, para que el Ojo de Tigre permeara la actitud de esa vieja organización deportiva.
En el otro lado de la moneda están aquellos que extravían su espíritu ganador y se pasan los años dando tumbos, como sucede con el Atlas de Guadalajara, los Tigres de Nuevo León o el América y las Chivas. Los primeros hace mucho que se estancaron en la mediocridad y los segundos dan una de cal por muchas de arena.
Se necesita de un esfuerzo considerable, que incluya a todo aquel relacionado con el deportista o el club, para revertir una situación así, en la que tener actuaciones regulares o malas se vuelve norma. También se requiere que los principales protagonistas del drama de la mediocridad cultiven su propia fuerza interna, para soportar cualquier obstáculo, externo o interno, y que salgan al terreno de juego, cuadrilátero, emparrilado u lo que sea como fiera, dispuesto a devorarse al rival o a morir en el intento. Además, es importante que los responsables de los atletas o clubes, llámense entrenadores, directivos, tutores o dueños, hagan todo lo posible para crear un ambiente propicio para el Ojo de Tigre.
Como han demostrado Jorge Vergara y los jerarcas del América, elevados irresponsablemente a esa categoría por el mandamás Emilio Azcárraga Jeán, no basta con desplantes de arrogancia, habladurías y declaraciones rimbombantes para mantener la grandeza de sus instituciones. Las miradas cabizbajas de sus jugadores lo demuestran. (ABeCe)




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