La sobrevivencia en Chilangolandia tiene que ver, a veces, con el autocontrol. Cualidad infaltable conforme se transita por este mundo si uno no quiere volverse loco ante circunstancias como las que vivimos en la actualidad, en la capital de los Estados Unidos Mexicanos. La ecuación es sencilla, no infalible, tal vez, pero sí simple: Si uno pierde la calma terminará embarrado en el suelo. Lo contrario, navegar como si nada pasara o importara, garantiza un largo caminar en este cruel y hermoso planeta.
Alterado, con la bilis de fuera por algún energúmeno que le pisó el mero callo, harto de toparse con el caos a cada paso, fuera de sí por la insolente maniobra de otro auto, desgreñado de tanto empujón, pisotón y caballazo, desmembrado por la mala vibra de los demás, desarticulado de tanto enojo, así resulta fácil caer en precipitaciones, en provocaciones, en la calentura del momento y buscarse algo que probablemente esté fuera de su capacidad. Basta un truhán disfrazado de automovilista para dejar tendido en el camino a un ciudadano ofuscado por sus barbaridades.
Calma de santo, dicen los abuelos, es lo que se necesita para vivir en un lugar donde predomina el desdén, que cubre casi todas las actividades relacionadas con el mantenimiento del orden público, lo cual genera todo tipo de circunstancias incomodas, cuanto menos, en avenidas, cruceros, durante el tránsito peatonal, en los continuos embotellamientos vehiculares, en cualquier parte; con el simple hecho de caminar por ahí uno está en riesgo por todo tipo de peligros.
El tipo que cruza las calles sin fijarse, el motoneto que se pasa los altos y usa las banquetas como su circuito particular, uno de los millones de imprudentes con llantas que siempre tienen prisa y prefieren arrollar al que se le ponga en el camino –obviamente pasando por alto todas y cada una de las normas de tránsito- antes que perder algunos segundos de su valioso tiempo, el hampón que saca la pistola con facilidad ante el más mínimo percance en el tráfico.
Alguna vez me dijeron que mantener la calma y navegar entre el oleaje de indiferencia general es lo único que se puede hacer para cuidarse, para mantenerse a salvo en la ciudad: recorrer aceras y esquinas de lado, como gato, recargado en las paredes, escabulléndose entre cualquier cantidad de obstáculos de muy diversa naturaleza mientras mantiene sus sentidos alertas ante los entes o cosas que deja detrás. Claro que siempre habrá golpeadores, generalmente de cariz gandalla, esos que poco les importa con qué se tropiezan en su andar: de todos modos pasan.
El caos entre peatones y el resto de los protagonistas del día a día capitalino es generalizado.
La misma situación de indiferencia y violencia actitud priva entre los automovilistas. El problema es que la naturaleza de la actividad –la cual se realiza a bordo de monstruos de varios cientos de kilos de peso- conlleva más riesgos y las consecuencias son peores. No es lo mismo chocar con un paisano en el loco andar de los peatones que estamparse contra un camión a 100 km por hora o ser pulverizado por una de esas nuevas camionetas, blindadas y armadas hasta los dientes, vehículos que ha puesto de moda la inseguridad que priva en el país.
Lo peor de todo es que el desdén se convierte en costumbre y el libre y seguro tránsito por las calles y avenidas de la capital se transforma en una carrera por la supervivencia, ya no en un lugar donde vivir bien, con esperanza y de frente al futuro.
Ante tales circunstancias, uno debe hacer de todo para mantener la cordura. No es fácil pero no hay remedio. Al menos hasta que el cuerpo aguante…



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