viernes, 18 de junio de 2010

Ruta Crónica 18 de junio de 2010

Como un autómata, tomo la cartera del bolsillo derecho trasero de mi pantalón para sacar la tarjeta de transporte. Saco el plástico, lo uso y me dispongo a devolverlo a su lugar cuando me percato de algo: llevo mis principales herramientas de trabajo en el bolsillo trasero derecho de mi pantalón.

No es que me avergüence ni mucho menos, pero en ese momento, fue un instante, me pareció ridículo, incluso patético. Pero así es. Mi chamba se explica con algo tan simple como un ticket de bus o de metro o de tranvía o de lo que sirva para llevarme a donde requiero ir.

Repito, no me da pena pero me llama la atención esa defición de la actividad que llevo a cabo para ganarme la vida... Parece tan poca cosa.

Claro que no es tan simple, también depende de perpectiva, pues si no tuviese chamba, como millones de personas en América Latina, un puesto de mensajero me parecería oro puro.

Además se trata de una actividad de verdad dura, sobre todo en una ciudad como la de México, desbordada por el desorden.

Por otra parte, hay que considerar que ese objeto, simple, fácil de conseguir y de usar, ofrece tesoros escondidos: contar con una de esas maravillas magnéticas debidamente cargada nos permite recorrer la urbe de un lado a otro sin ser molestados ni temer por nuestra seguridad. Armado con esa herramienta, uno puede encontrar lo que sea.

Es una lástima que en las calles de una ciudad como esta, la siempre desprestigiada y sufrida capital mexicana, torturada una y otra vez por sus habitantes, dañados en la misma proporción, sea difícil disfrutar de sus tesoros, que los hay y muchos. Como dice la canción, aquí la vida no vale nada: uno no sabe si va a regresar ileso al salir todas las mañanas a la calle.

La culpa es, sin duda, de la gente, que conforma un colectivo marcado por el desdén y la bestialidad.

Los capitalinos integran una fauna muy particular que, más allá de las diferencias entre ellos, coinciden en razgos o actitudes de mala calaña, por ejemplo: en todos los ámbitos de nuestra vida, hacemos lo que se nos pega en gana sin mediar responsabilidad alguna, sin pensar siquiera en ellos mismos. Eso se nota cuando uno sale a la calle.

Así, llevándola, como se dice por acá, en nuestro camino cotidiano hemos construido -por todo tipo de razones, eso sí, siempre hay una justificación- una urbe complicada, compungida, retraida e insoportable, con trazados absurdos, imposibles, sin sentido, improvisados, con banquetas calientes, abiertas (¿dolerán esas heridas?), suturantes de aguas negras y otras sustancias, tan elevadas que las personas pequeñas las evitan o tan hundidas en el suelo que prácticamente no existen, ocupadas por todo tipo de objetos o vehículos de tal suerte que parecen estar hechas para todo menos para permitir el tránsito cómodo y seguro de peatones, condición mínima de una ciudad decente.

En cambio, nosotros los "Chilangos", como se nos conoce despectivamente en la provincia mexicana, hemos creado un monstruo que no se deja querer facilmente, por el contrario, uno termina por odiarlo... ¿Así nos odiamos a nosotros mismos?

Al menos eso parece cuando uno se topa no sólo con aceras intransitables sino infumables: el paisaje que hemos levantado es un insulto a la vista. Una mezcla de plástico, metal, vidrio y piedra, materia noble usada de la peor manera en aparadores, de diseño o al "a'í se va", engalanados en su gran mayoría con adornos de cuestionable gusto.

Eso es tal vez lo peor de vivir en un lugar como este: Cuando uno se atreve en las calles de esta ciudad, y tras soportar esas banquetas tortuosas y de aguantar el desdén y la violencia que prevalece por todas partes, ni siquiera hay para dónde mirar...

CONTINUARÁ...

No hay comentarios: