martes, 8 de noviembre de 2011

EL CALDERÓN: 1971,1991

Recuerdo cuando la música despertó en mí. Tendría unos catorce o quince años y entonces sólo me interesaba la pelota, sin importar qué forma ni qué tamaño tuviera ésta.

Eso cambió un día cualquiera: como acostumbraba, llegué empapado en sudor, colorado por el esfuerzo realizado pero contento de haber entregado el corazón en la cáscara, en el tochito, en el 21 o en lo que fuera que hayamos jugado ese día. La verdad no recuerdo bien.

Era un día normal. Como siempre, entré a la casa, saludé a mi mamá, a mis hermanas y me seguí hasta mi recámara. La puerta estaba cerrada, se escuchaba ruido, que obvié en un microsegundo.

No pude hacerlo más: desde el momento en que crucé el arco de la puerta me quedé embrujado, las piernas se clavaron en el piso, la mirada se me extravió en la nada, mi corazón se detuvo atento a lo que entraba por los oídos.

Sí, era música, como la que había escuchado desde siempre en la casa (la música –una curiosa colección de boleros, valses, baladas pop, canciones rancheras, música clásica y soft rock- estaba presente permanentemente, de hecho) pero no era la misma.

Las percusiones machacaron mi voluntad con la fuerza de mil martillos; la estructura de la pieza me abrió un portal a mundos desconocidos; el solo cerrador, con una guitarra legendaria aunque no lo supiese entonces, desató sobre mí una tormenta de energía que dura hasta el presente.

Literalmente había sido electrificado por una de las bandas más espectaculares de todos los tiempos.

--¿Qué es eso?, pregunté más consternado que emocionado a mi hermano, dueño de la cinta magnética que estaba en la cassetera (extraño aparato de épocas remotas similar al iPod o al Mp3 pero de formas y funciones primitivas, casi básicas).

--- Queen, me dijo como si nada.

Para él, porque fue un madrazo para mí.

Reconozco, desde entonces, un cambio profundo en la forma como percibía al mundo. Así, el juego deportivo –que ocupaba un lugar preponderante en mi cabeza- dejó espacio para un elemento nuevo en mi limitado bagaje de vida: el rocanrol.

A partir de ese momento, devoré cuanto LP o cassete que oliera a rock que llegara a mis manos. Gracias a la colección de mi hermano y sus amigos conocí a Rush, Rod Steward, Led Zeppelin, Aerosmith, Deep Purple y, por supuesto, más de La Reina, que se convirtió en mi banda favorita, hasta la fecha.

No lo sabía, pero pronto averigüe que lo que escuché ese día, We will rock you, pertenecía al sexto álbum de la banda inglesa encabezada por Freddie Mercury y Brian May. Tampoco sabía que para el momento en que me cayó el veinte con esa rola del News of the World (EMI, 1977), Queen estaba trabajando en su disco más polémico: Hot Space (EMI, 1982).

Así que rápidamente me hice de información y supe que el grupo había iniciado su carrera a principios de los años 70, con un LP homónimo. Pronto conseguí todos los discos. La experiencia de escuchar por vez primera cada LP, de principio a fin, fue única e inmensamente disfrutable, lo cual terminó por atraparme.

La muerte de Freddie, en 1991, sobra decirlo, dejó un hueco muy grande en mi vida (que horror resignarse a no escuchar nada nuevo de ellos, uf).

Afortunadamente está la música y la historia. Ahora mismo, en Londres, se lleva a cabo una exposición acerca los primeros años de Queen, para conmemorar el cumpleaños número 40 de este clásico de todos los tiempos. Además, este año se conmemoran 20 años del fallecimiento del cantante, el principal responsable –junto con sus compañeros de banda y mi hermano- de mostrarme un mundo diferente.

No hay comentarios: