Lo reconozco: no sé qué hacer en esas situaciones. No tengo la culpa: Desde que tengo uso de memoria odio el jueguito del macho. Me saca de quicio y, para mi mala fortuna, mexicano hasta las cachas, arraigado sin remedio en este suelo sin remedio, y sin posibilidades siquiera de salir del centro del país , se trata de un juego que se practica con demencial frecuencia por estos lares, como decimos por acá.
Ése en el que dos varones pugnan por un espacio mínimo en el atestado vagón del metro o del camión. Ya saben. Todos hemos sido testigos de escenas similares, me atrevería a decir incluso que todos le hemos entrado a ese juego alguna vez (no se hagan): Así, sin mediar palabra alguna, sin mirarse siquiera, los dos contendientes se enfrascan en un baile de empujoncitos, vencidas de brazos, rozones maliciosos e insultos mentales que pocas veces llega a mayores. Pero que te marca, de una u otra forma. Ya sea que te eche a perder el momento, o incluso el día, o que se te haga costumbre o que lleves esa frustración a casa y te desquites con la familia o las mascotas o cualquier otra deformación del carácter producto de contactos similares.
No es necesario encontrarse en una situación extrema para caer en el clásico “no me quito” con el que el mexicano demuestra su hombría de manera cotidiana. Basta con salir a la calle para estar expuesto a semejante presión, que nos acompaña –sí, a todos- aún sin hacerle caso.
¿No? ¿Es extraño, por ejemplo, que la gente empuje a aquellos que están en lo suyo? ¿Es común observar a personas de todo tipo abrirse paso con los codos, sin mediar nada? Si uno se fija bien, sí. Es fácil notar cómo incontables energúmenos, uno tras otro, a veces en parejas, de temer en grupos, pasan por andenes y vagones, dentro los camiones o en las calles sin la menor consideración por los bultos –personas como ellos aunque no les parezcan eso- con los que se topan, muchos de los cuales pierden piso ante tal irrupción (Algo similar sucede entre automovilistas aunque en este caso el riesgo es mayor por lo que es menor la frecuencia, tal vez… ¿O no? gulp)
Caminamos, metidos en los nuestro, quizá llevamos audífonos o nos perdemos en nuestra mente pensando acerca de las vicisitudes de la vida y, súbitamente, en cuanto nos acomodamos, se debe poner atención en los entresijos del lugar, entre la gente, en las líneas negras que dividen a las personas en un lugar atestado de ellas, se encuentra uno en medio de decenas de pequeñas batallas, emprendidas para conseguir la mayor comodidad posible, aún a costa de los demás y del entorno mismo, o simplemente para fregar al otro, para no dejarlo…
Es cosa de todos los días.
Si no estuviese uno tan metido en el asunto –como un turista o alguien que, afortunadamente, solo va de paso- sería muy gracioso atestiguar tales embates, tan inútiles y estériles, como un berrinche.
El problema es que esa actitud ha permeado a esta nación desde hace muchos años. Situación que, dadas las circunstancias actuales, no hace más que aumentar. El juego del macho está en auge. Lástima. Y yo sin poder huir de aquí…
Sin duda, en este país nos las arreglamos para hacer el oso de a grapas, como decimos.




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